La Bicicleta en Sevilla continua recogiendo parabienes de la prensa.

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Otro artículo más de un reputado columnista del grupo de prensa Joly alabando la creación de la red de carriles-bici de Sevilla.

Apareció publicado en el Día de Córdoba el pasado viernes 25 de julio del 2008.

Bicicletas

José Aguilar

El uso de la bicicleta como vehículo de transporte alternativo en las ciudades era, hasta antier mismo, como quien dice, una extravagancia de cuatro ecologistas irredentos a los que no hacían casi ni en sus casas. Hoy es una realidad palpable, en proceso de extensión y tal vez irreversible.

Tomen el caso de la capital de Andalucía. Un ayuntamiento decidido se atrevió a romper el tabú que condenaba a los ciclistas a circular por el campo o por el corralito del barrio y apostó por la utilización de la bici como medio para trasladarse al trabajo, a la compra o a la gestión, en libre competencia con el automóvil. Lo que se ha visto es que la bici no es cosa de cuatro gatos, sino de muchos gatos. De todas las clases y de todas las ideologías.

Los datos cantan. Un año después de que en Sevilla, tras la construcción de una tupida red de carriles bici, se pusiera en marcha un nuevo sistema de alquiler de bicicletas, hay más de 76.000 ciudadanos abonados -una cifra respetable para el total de la población-, a los que se deben sumar los que disponen de bicicleta propia. En fin, que las bicicletas no son para el verano, sino para cualquier estación del año. No se recuerda una iniciativa municipal con tanto éxito en muchos años.

Algo tendrá, pues, el agua cuando la bendicen, y la bicicleta cuando su uso se ha propagado con tanta celeridad. Más que algo, lo tiene todo: el ciclista no contamina, hace ejercicio y, dado cómo está el tráfico motorizado, lo más probable es que consiga llegar a su destino antes y más relajado que si se desplazase en su coche particular, el taxi o el autobús, aparte de disponer de aparcamiento asegurado y barato en las estaciones habilitadas al efecto. Incluso beneficia a sus enemigos más acérrimos, ya que los incondicionales del vehículo de motor tienen más espacio para ellos y sufren menos atascos.

Existe, sin embargo, un problema todavía irresuelto: las relaciones entre el ciclista y el peatón. No existiría si viviéramos en Berlín o Ámsterdam ( y fuéramos alemanes u holandeses, respectivamente), pero aquí sí, porque aquí prima la tendencia a que el fuerte se imponga al débil. Igual que la autoridad ha protegido al usuario de la bicicleta frente al automovilista, tendrá que proteger al viandante de los abusos del ciclista. Que los hay.

La experiencia indica que algunos circulan por las calles peatonales como si corrieran el Tour, viajan en dirección prohibida o invaden las aceras. No se debe esperar a que todos adquieran el civismo y el respeto por el otro que se necesita para una feliz convivencia entre los de las dos ruedas y los del coche de San Fernando. Mientras tanto, la ordenanza municipal ha de ser estricta: el peatón es la especie a proteger en este caso.

 

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