Enbiciate Otoño 2008. Energía: lo público y lo privado

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Ahorre Agua pero consuma Coche.
Carlos Taibo.
(Resumen articulo publicado en el Diario Digital la República 28 de julio del 2008)

Quiere uno creer que entre nosotros va ganando terreno, paulatinamente, la conciencia de que el planeta no da para más. De resultas, la idea de que debemos tomarnos en serio la perspectiva de reducir los niveles de consumo y desdeñar las presuntas virtudes del crecimiento económico se impone en paralelo con la búsqueda incipiente de otras formas, más benignas y austeras, de organización de nuestras sociedades.
Si en el caso del agua la condición primordialmente estatal de la economía afectada hace posible que nuestros gobernantes se muevan con encomiable soltura y se permitan reclamar con insistencia un esfuerzo ciudadano de reducción en los niveles de consumo, no puede decirse lo mismo de otros segmentos de la vida económica en los que los intereses del sector privado se imponen con rotundidad. Ahí está el caso del propio ministro Sebastián, quien semanas atrás no pestañeó a la hora de anunciar ayudas públicas para la adquisición de nuevos automóviles, presuntamente menos contaminantes, si los propietarios de los viejos se avenían a deshacerse de éstos. ¿No hubiera sido más razonable que, en un escenario indeleblemente marcado por la subida en los precios internacionales de las materias primas energéticas, nuestras autoridades apostaran con claridad por políticas encaminadas a convencer a los ciudadanos de que lo suyo es que vayan pensando en apartar el coche de sus vidas?
A diferencia de lo que ocurre con el agua, los sacrosantos derechos de las empresas privadas— en este caso las del sector del automóvil— se imponen, intocables, por doquier, y ello hasta el punto de que resulta sencillo imaginar cuál sería la reacción de aquéllas si los poderes públicos tomasen, en serio, cartas en el asunto de convencer a los ciudadanos de que también en relación con el transporte y sus cuitas deben cambiar drásticamente de hábitos. El lector con buena memoria recordará inmediatamente la patética reacción de repulsa asumida por alguna de nuestras empresas eléctricas cuándo, en un par de momentos en los últimos años, la ministra de Medio Ambiente decidió respaldar una simbólica campaña que nos exhortaba a reducir a la nada, durante cinco escuálidos minutos, nuestro consumo de electricidad en una tarde invernal.

Hay quien se sentirá tentado de recordar, por qué no, que el pecado de nuestros poderes públicos no queda dónde lo hemos dejado. Y es que no sólo se trata de que aquéllos eludan cualquier horizonte de contestación del negocio privado, aun a sabiendas de lo que éste acarrea, tantas veces, en los planos energético y ecológico: tan grave como ello es el hecho de que porfíen en construir faraónicas infraestructuras de transporte que el tiempo demostrará, más pronto que tarde, son literalmente insostenibles y que a poco más obedecen que al propósito de mover el carro de ese negocio privado que ahora nos atrae. Ahí está, por lo demás, el patético ejemplo que acaba de darnos el presidente Rodríguez Zapatero, quien al parecer no barruntó problema alguno en la fórmula verbal con la que remató su discurso de clausura en el congreso recientemente celebrado por el Partido Socialista: ¡A consumir!

Frente a tantos desafueros no queda sino reclamar la necesidad imperiosa de una rebelión ciudadana que denuncie con desparpajo el sinfín de prácticas impresentables que nos acosan, que reclame un drástico cambio de rumbo y que emplace a los dirigentes políticos a romper amarras —de esto se trata— con atávicos y esquilmadores intereses.

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